jueves, 31 de enero de 2008

La Pena o la Nada

Leech, mi querido Geoffrey, habrás pensado, al leer el título de estas líneas, que mi prosa de sepulturero tratará de arrastrarte al lugar de donde viene (del más allá...), pero recuerda que no debes inferir prejuicios equivocados (o vendrá el dios de la pragmática a darte con una vara en el trasero -y si es del opus tratará de penetrarte-). Yo no me llamo pesimista, me llamo catárquico. Vamos pues.



Desde la distancia se ven las cosas diferentes.



No me refiero a una distancia físico-estratégico-morbosa, a la de a vista de pájaro, a la cultura lejana, a Bangkok, el Tibet o Buenos Aires, sino a la que te otorgan las sábanas durante la contemplación de unos hechos que caen como cae la bruma, impregnándolo todo, cambiándolo para siempre. Nada volverá a ser lo que era. No nos quedará París.


No hace falta irse tan lejos. Basta con apagar la luz de la mesilla de noche y recordar los acercamientos infantiles, las infantiles primeras mentiras, aquellas veleidades de la juventud que entrañan fatigas ahora impronunciables, el crecimiento y desarrollo de los hechos, maravillosas enfermedades contagiadas con terrible esfuerzo, tardes de tedio y esperanzas, después vacilación y finalmente desencuentro.


¿qué puede hacer un guerrero cuando,

momentos previos a la batalla,

descubre que ha olvidado su coraza

en la tienda de campaña?


Imaginémoslo arrastrando el aspadón, con la cara desencajada por el miedo, huyendo contracorriente, atravesando sus propias filas que lo zancadillean, insultan y amenazan con torturas. Y según avanza va notando como el calor vuelve a su pecho, que allí se forja el metal protector de la coraza y que ésta surge de la Nada. Por lo tanto, nada había olvidado, sencillamente no era la hora para el combate o el enemigo no era el indicado y la coraza se lo hacía ver de esta manera. Todo esto lo comprenderá cuando dando media vuelta para dirigirse a la batalla, la fuerza que su pecho emanaba se apaga y se convierte en mortaja.


¿Qué hace ese guerrero si no puede combatir al enemigo y sus compañeros lo buscan para colgarlo pues lo tienen por un traidor cualquiera? Nada. Se sentará a un lado del camino a ver pasar la vida, a que ella le salga al encuentro, y oirá a sus espaldas el silbido de los trenes llenos de pasajeros que le dirán adiós desde las ventanas. Si el guerrero fuera digno, si la ley samurai lo rigiese, acabaría sus días haciéndose el Hala-kiri.

Pero las cosas no son tan fáciles como atravesarse con un arma de doble filo (filo japonés, que duele más) el esternón. El mundo te empuja en la dirección equivocada (Wrong way, my broda', wrong way), y los gustos se tornan manías, los secretos obsesiones y la lógica de la razón, el consciente, cae sumisa bajo la tiranía del subconsciente, ese señor bajito que mueve los hilos.


Hace tiempo, e hilando con cierta argumentación de mi anterior comentario, una persona que por su lucidez e inteligencia me produjo gran impacto al conocerla, me comentó una teoría que tenía, que bien podría titularse "Teoría del asilo rosa/bello", "el paraíso fraterno" o "el Dorado retiro". Ésta venía a decir que mejor que acabar los días rodeado de nuevos-viejos desconocidos en un asilo sería ir preparando un lugar común mediante vínculos presentes donde habitara toda esa gente que le había acompañado a uno en vida. Una especie de asilo para colegas de infancia, juventud y vejez (un recuerdo para los compañeros de viaje).


Yo al respecto creía que el tiempo lo cura todo (mayormente matándolo) y las bajas, el alzheimer, los problemas económicos y el cambio climático, provocarían el fracaso del proyecto. Ahora entiendo que no, que el ser humano es tonto por naturaleza (ni bueno ni malo, tonto) y que desprecia por motivos subconscientes, que se separa, se segrega, quiere olvidar y ser recordado entre lamentos, se sobrevalora creyendo que hace un favor a la sociedad y renuncia a la convivencia simplemente por miedo. ¿Cómo podría llegar a buen punto proyecto semejante? Imposible.


Ahora me sobran dedos en las manos, diez son muchos, no los necesito. Me sobran ropas y tapujos, me sobran -por supuesto- esperanzas, convicciones exaltadas (de las moderadas ni hablamos), me sobran kilos de peso, de pereza y de mierda. Pero también me sobra pelo, carne y alma. No quiero nada de eso porque no los necesito. Sé lo que va a pasar, se cuál será mi transcurso vital, dónde iré a hacer lo que ya sé, cómo y cuánto me gustará aquello que vendrá en la fecha que conozco y lo que obtendré de todo ello: Nada.


Se despide cortesmente (siendo yo no puede ser de otra manera),


Grice

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