Si un día nos cobran por respirar sé muy bien que pagaréis, es más, os convenceréis de que hay que invertir una buena suma de dinero en una parcela que dice no sé quién que proporciona el aire más limpio y que además te da un estatus diferente al de tu vecino, mucho más prestigioso y elegante tú, dónde va a parar. Os pasarán una cuota mensual por el aire consumido y religiosamente pagaréis.
Luego se organizará una huelga, concentraciones de protesta, pero no iréis porque no tenéis ganas de moveros de vuestro salón, eso sí, tejeréis toda una red de discursos que os valgan de excusa, "han llegado tarde los sindicatos, no me fío de ellos, solo buscan su interés... ¿y si hacemos una protesta original y pagamos más impuestos voluntariamente, como "a la japonesa"? así no dirán que es que somos unos tacaños." Nos dejaréis solos e iréis tragando, pagando cada año vuestras cuotas y las subidas abusivas cada 1 de enero, todo por un aire que nos pertenecía a todos.
Los ricos tendrán parcelas de aire propio, los pobres respirarán el aire de los polígonos a precio de monte, todos deberemos contribuir para no ir a la cárcel por fraude, por vuestra culpa, por no habernos seguido cuando os lo pedimos.
Cuando pase el tiempo, se recordará y transmitirá de padres a hijos con pena y nostalgia: "Recuerdo cuando el aire era de todos y era gratuito, cuando por el simple hecho de haber nacido se te otorgaba el derecho a respirar donde quisieras. Era hermoso entonces, querido hijo, nadie se moría por no haber podido pagar sus diarias respiraciones."
Leech.
miércoles, 21 de mayo de 2008
sábado, 3 de mayo de 2008
Nuestras calles.
He asistido atónito estos días a varios acontecimientos que han provocado que mi ánimo oscile entre la melancolía y el pesimismo; la indignación y la furia, también la esperanza, con minúscula, no nos equivoquemos. Se están conmemorando los 200 años del 2 de mayo madrileño y solo se oye habar de libertad y nación, como si España no fuese ya una nación en 1807 y como si los madrileños de aquel día lucharan por la libertad y no por el desgaste y mil motivos que los historiadores nos podrían alumbrar si se les prestara más espacio en las televisiones y las radios. En efecto, resulta que estos días han opinado sobre las causas y motivos de aquella revuelta políticos, tertulianos, periodistas, hasta escritores que se están forrando a costa del asunto y que parecen ser los únicos expertos en la materia, sí, Grice, sí, Reverte no ha hecho otra cosa desde hace meses y ha incluído en su haber besos y peloteo a la desvergonzada Aguirre, mala y puta como ninguna. Él, que en su cháchara dominical nos bombardea con insultos a los políticos y presume de independencia y verdad, resulta que no ha dudado en halagar a la mala pécora en una hermosa rueda de prensa conjunta: nación, heroísmo, España y blablabla, su hilo nunca termina, siempre con lo mismo: patria, orgullo y libertad. Yo nunca me cuadraré ante la bandera de España, no me importan los símbolos, me importan las personas, los ciudadanos que sufren y se alegran como yo, que respiran y son acosados y humillados y ninguneados por los listos que diseñan las proclamas y reivindican las banderas para engañar y manipular a la gente. ¿Por qué nadie dice que los madrileños también mataron para defender a sus hijas y mujeres, a sus vecinos? ¿Por qué nadie escucha a los que dicen que los precios habían aumentado por la mayor demanda y eso perjudicaba seriamente las economías? ¿Por qué nadie piensa que sin el dos de mayo a lo mejor España se habría librado de muchos lastres, como los curas, por ejemplo? ¿Por qué no se presta la debida atención a los que aseguran que la lucha trajo como consecuencia a un rey estúpido y arbitrario? No soy historiador, no voy a explicar yo la historia, pero sí tengo juicio para percatarme de la manipulación y la tergiversación de los hechos: interesaba repintar los bordes rojos y el interior amarillo y buscar un momento en el que volver a gritar ¡una grande y libre!, pero con otras palabras que hiciesen de disfraz, que disimulasen el fondo. Querido Grice, me cago en mi patria y en los encantadores de serpientes que con sus músicas duermen al pueblo y lo embelesan y arrullan.
Pero este exordio no es furia gratuita, sucede que estos días el gran Gallardón ha tirado de presupuesto y ha montado una enorme parafernalia con luces y sonido por la ciudad y que la gente se ha quedado con la boca abierta: sí, nadie comprendía el significado de tales plataformas y ruidos raros, pero no queda bien decirlo, así que todo el mundo abría los ojos y la boca con asombro y juraban ver el traje del emperador: "que yo soy moderno y leído y comprendo estos conceptismos y abstraciones nuevas". Pero muy poca gente sabe que en mi barrio hemos intentado recuperar las calles por unos días para bailar y beber un trago y disfrutar de las fiestas, a la llana, sin florituras. Esos grandes montajes gallardonianos persiguen que la gente esté parada y apelotonada las suficientes horas como para luego no tener ganas sino de sentarse en terrazas y restaurantes, o irse a la cama como mejor opción. Pero la fiesta es alegría, es calle compartida, música y juegos para los niños, para las vecinas ancianas y los jóvenes que hacen que el barrio viva y tenga futuro. Se han planteado por parte de héroes ciudadanos fiestas y actividades en la calle y este déspota con maneras ilustradas las ha prohibido de nuevo. No le gusta que los vecinos se organicen porque tiene miedo de que puedan escuchar e informarse. Hace tiempo que mi barrio está tomado por un ejército de policías agresivos y violentos que disfrutan con su papel de agentes del orden. Pero es curioso que nunca están para reprimir a los chicos y chicas de otros barrios que tocan guitarras, beben sin sentido y mean en la calle. No se entiende, pues, el despliegue de tropas.Casi ningún vecino sensato de estas calles (siempre habrá algún descerebrado) meará o beberá o quemará, pues bien es sabido que nadie tira piedras contra su propio tejado. Y sin embargo somos los vecinos los que sufrimos a este ejército invasor que ayer, sin ir más lejos, ¡quiso suspender con intimidaciones una marcha de bicicletas porque entorpecían el tráfico! ¿Qué argumentaban, que más de tres bicicletas juntas son una asociación indebida? Pero no acaba aquí la perfidia: se prohibe la verbena, se prohibe la marcha del May Day por Lavapiés, se organizan actos de todo tipo en Chamberí o Barrio de Salamanca mientran se prohiben y vetan en Malasaña, se hace la vista gorda ante el trpicheo y venta de droga en la parte baja de Corredera de San Pablo, no se habilita ni un solo espacio verde o de ocio, se dejan calles sin limpiar sistemáticamente, cada noche sufrimos el ruido de motos, borrachos, empleados públicos del ayuntamiento dando gritos y cantando a las tres de la mañana, inseguridad, robos... ¿Qué le hemos hecho a este sinvergüenza? No me cabe duda, oscuros intereses hay detrás de todo.
Pero se hizo el May Day por Lavapiés, se hizo la verbena en Malasaña, hubo bailes, paellas gratis para todos, los pequeños disfrutaron con juegos y pinturas, las señoras ancianas del barrio tomaron el sol en sus sillas, se tiró la basura en cubos, nadie meó en la calle, no hubo ni vómitos, ni peleas, ni robos ni broncas. Sí hubo, por contra, respeto, felicidad y la inmensa alegría de sentir que por un día pudimos recuperar nuestras calles, sentarnos en ellas, charlar y reír, porque son nuestras aunque nos las están quitando mientras miramos absortos y embobados el megamontaje de la Fura dels Baus y zarandajas de este tipo.
La fiesta terminó a las nueve. Entonces me di cuenta de que a las dos había dejado mi chaqueta en un banco en la otra punta de la plaza de Juan Puyol. Te lo puedes creer, Grice, cuando fui, allí estaba.
Deberíamos reflexionar sobre nustras formas de vida, impuestas sin que lo sepamos por las campañas de publicdad y las estrategias de mercado. Deberíamos reunirnos en los barrios más de lo que lo hacemos, acudir en masa a las asociaciones vecinales y desde ellas y con la fuerza que da la unión, reconquistar los espacios y hacer de las calles lugares de encuentro, no de paso apresurado. Deberíamos cuidarnos un poco más entre todos y olvidarnos de banderas, de proclamas, de naciones y de patrias, porque siempre estarán los Fernandos VII y los Gallardones dispuestos a quitárnoslo todo.
Leech.
Pero este exordio no es furia gratuita, sucede que estos días el gran Gallardón ha tirado de presupuesto y ha montado una enorme parafernalia con luces y sonido por la ciudad y que la gente se ha quedado con la boca abierta: sí, nadie comprendía el significado de tales plataformas y ruidos raros, pero no queda bien decirlo, así que todo el mundo abría los ojos y la boca con asombro y juraban ver el traje del emperador: "que yo soy moderno y leído y comprendo estos conceptismos y abstraciones nuevas". Pero muy poca gente sabe que en mi barrio hemos intentado recuperar las calles por unos días para bailar y beber un trago y disfrutar de las fiestas, a la llana, sin florituras. Esos grandes montajes gallardonianos persiguen que la gente esté parada y apelotonada las suficientes horas como para luego no tener ganas sino de sentarse en terrazas y restaurantes, o irse a la cama como mejor opción. Pero la fiesta es alegría, es calle compartida, música y juegos para los niños, para las vecinas ancianas y los jóvenes que hacen que el barrio viva y tenga futuro. Se han planteado por parte de héroes ciudadanos fiestas y actividades en la calle y este déspota con maneras ilustradas las ha prohibido de nuevo. No le gusta que los vecinos se organicen porque tiene miedo de que puedan escuchar e informarse. Hace tiempo que mi barrio está tomado por un ejército de policías agresivos y violentos que disfrutan con su papel de agentes del orden. Pero es curioso que nunca están para reprimir a los chicos y chicas de otros barrios que tocan guitarras, beben sin sentido y mean en la calle. No se entiende, pues, el despliegue de tropas.Casi ningún vecino sensato de estas calles (siempre habrá algún descerebrado) meará o beberá o quemará, pues bien es sabido que nadie tira piedras contra su propio tejado. Y sin embargo somos los vecinos los que sufrimos a este ejército invasor que ayer, sin ir más lejos, ¡quiso suspender con intimidaciones una marcha de bicicletas porque entorpecían el tráfico! ¿Qué argumentaban, que más de tres bicicletas juntas son una asociación indebida? Pero no acaba aquí la perfidia: se prohibe la verbena, se prohibe la marcha del May Day por Lavapiés, se organizan actos de todo tipo en Chamberí o Barrio de Salamanca mientran se prohiben y vetan en Malasaña, se hace la vista gorda ante el trpicheo y venta de droga en la parte baja de Corredera de San Pablo, no se habilita ni un solo espacio verde o de ocio, se dejan calles sin limpiar sistemáticamente, cada noche sufrimos el ruido de motos, borrachos, empleados públicos del ayuntamiento dando gritos y cantando a las tres de la mañana, inseguridad, robos... ¿Qué le hemos hecho a este sinvergüenza? No me cabe duda, oscuros intereses hay detrás de todo.
Pero se hizo el May Day por Lavapiés, se hizo la verbena en Malasaña, hubo bailes, paellas gratis para todos, los pequeños disfrutaron con juegos y pinturas, las señoras ancianas del barrio tomaron el sol en sus sillas, se tiró la basura en cubos, nadie meó en la calle, no hubo ni vómitos, ni peleas, ni robos ni broncas. Sí hubo, por contra, respeto, felicidad y la inmensa alegría de sentir que por un día pudimos recuperar nuestras calles, sentarnos en ellas, charlar y reír, porque son nuestras aunque nos las están quitando mientras miramos absortos y embobados el megamontaje de la Fura dels Baus y zarandajas de este tipo.
La fiesta terminó a las nueve. Entonces me di cuenta de que a las dos había dejado mi chaqueta en un banco en la otra punta de la plaza de Juan Puyol. Te lo puedes creer, Grice, cuando fui, allí estaba.
Deberíamos reflexionar sobre nustras formas de vida, impuestas sin que lo sepamos por las campañas de publicdad y las estrategias de mercado. Deberíamos reunirnos en los barrios más de lo que lo hacemos, acudir en masa a las asociaciones vecinales y desde ellas y con la fuerza que da la unión, reconquistar los espacios y hacer de las calles lugares de encuentro, no de paso apresurado. Deberíamos cuidarnos un poco más entre todos y olvidarnos de banderas, de proclamas, de naciones y de patrias, porque siempre estarán los Fernandos VII y los Gallardones dispuestos a quitárnoslo todo.
Leech.
sábado, 12 de abril de 2008
Retornos.
Me estoy leyendo "Retornos de lo vivo lejano", emocionante poemario en el que Alberti vuelve a su infancia y a su juventud, con sus hermanos, su madre, sus amigos, sus amores, sus paisajes... todo lo recuerda desde la lejanía del espacio y del tiempo con gran nostalgia. La lectura me ha llevado a pensar en las pérdidas que vamos acumulando cada día que pasa, aquellos trozos de vida que van fluyendo sin detenerse a esperarnos. Ya no somos partícipes de aquellos sucesos ni de aquellas existencias de las que un día fuimos testigos privilegiados. Los que nos pidieron consejo o solicitaron nuestro apoyo ya ni nos llaman, la fuerza de nuetras ausencias hizo que dejaran de tenernos tanto en cuenta. Y de esta forma se van espaciando los encuentros con los amigos con los que antes convivías a diario, las veladas con tus primos se cuentan con los dedos de las manos, los locales donde fumabas y bebías y charlabas sin descanso ahora atienden a otras clientelas y ni tu sombra parece ser la misma, ya no reconoces tu perfil en las paredes cuando vuelves a casa.
Una diáspora sin motivos políticos, económicos ni raciales es lo que ocurre en nuetras vidas, querido Grice, una dispersión absurda que te lleva a pensar que no es tan raro el sentimiento de Alberti, querer volver, aunque sea en espíritu, a formar parte de aquel mundo que era el tuyo y se dividió, cuando cada una de sus partes decidió seguir su propia corriente en diferentes direcciones sin tu participación. Solo las palabras, una vez más y como siempre, amigo, nos traen el consuelo en otra noche fría de recuerdos.
"...¡Qué consuelo sin nombre no perder la memoria,
tener llenos los ojos de los tiempos pasados,
de las noches aquellas en que el amor ardía
como el único dios que habitaba los bosques!"
Esperamos tu retorno a estas tranquilas charlas, estimado Grice.
Leech.
Una diáspora sin motivos políticos, económicos ni raciales es lo que ocurre en nuetras vidas, querido Grice, una dispersión absurda que te lleva a pensar que no es tan raro el sentimiento de Alberti, querer volver, aunque sea en espíritu, a formar parte de aquel mundo que era el tuyo y se dividió, cuando cada una de sus partes decidió seguir su propia corriente en diferentes direcciones sin tu participación. Solo las palabras, una vez más y como siempre, amigo, nos traen el consuelo en otra noche fría de recuerdos.
"...¡Qué consuelo sin nombre no perder la memoria,
tener llenos los ojos de los tiempos pasados,
de las noches aquellas en que el amor ardía
como el único dios que habitaba los bosques!"
Esperamos tu retorno a estas tranquilas charlas, estimado Grice.
Leech.
sábado, 22 de marzo de 2008
Nuestros padres.
Las primeras vacaciones que recuerdo fuera de mi pueblo son en Málaga, cuando aún era muy pequeño y vi el mar por primera vez. Por aquel entonces mi padre tenía una furgoneta mercedes color aceituna, con capacidad para dos personas, de aquellas en las que el motor venía cubierto por una carcasa de plástico que parecía un forúnculo inoportuno o un apéndice inflamado y que ocupaba el centro de la cabina sin ningún oficio ni utilidad. Cabían solo dos, pero viajamos cinco: mi madre con el bebé en brazos (antes no era necesario cinturón, ni silla homologada, ni tanta seguridad; aquellos vehículos casi no pasaban de 80 y sus conductores aún no habían perdido el juicio) mi hermana, pobre, sentada sobre la carcasa del motor, sin respaldo y aguantando las vibraciones y el calor que desprendía la maquinaria, mi padre al volante -toda la vida al volante, sin descanso ni tregua- y yo en el hueco entre los dos asientos, el motor y la palanca de cambios, sobre un cajón de madera que mi padre se inventó y encajó a presión. Cada vez que había que cambiar de marcha tenía que variar la posición de mis rodillas, así que los mejores momentos eran en plena travesía, con la cuarta velocidad metida y sin variaciones bruscas. Y así fuimos hasta Málaga, 12 horas, quizá 13, quién sabe, a 80, sin autovías y de noche. Íbamos a Málaga, también lo recuerdo, porque allí vivía y vive mi tío y aprovechando el viaje -siempre aprovechando- le llevábamos una antigua sillería de terciopelo -siempre los favores-.
Eran los años 80, todo era muy distinto, se podía atravesar España en verano sin aire acondicionado, sin altas velocidades y resolviendo los amagos de rebeldía de los más pequeños con un buen cachete. Aquella larga noche mi hermana y yo recivimos varios, ella acabó en la parte de atrás durmiendo entre las patas de la sillería y yo leyendo un tebeo que me habían comprado para la ocasión, iluminándome con una linterna pequeña que aún conservo. En efecto, un tebeo era un gran tesoro, aquel de Asteríx, tapas duras, regalo exclusivo para el viaje, como premio por las buenas notas del curso. Era entonces un Asteríx o un Tintín un enorme sacrificio económico, si no recuerdo mal 600 pesetas, por lo menos. Ni pequeñas videoconsolas, ni móviles de última generación, ni un MP3 de los que cansarse a los 20 minutos de viaje -no dan para más-. Un tebeo en su lugar, Asteríx y Cleopatra, que me leí dos veces, fascinado por la fuerza de esos bárbaros irredentos. Y a ratos el "veo, veo, ¿qué ves?..." o alguna canción o la radio de la furgoneta con las noticias o los deportes. También recuerdo muy bien que mi hermana, siempre inquieta y traviesa, se mareó en Despeñaperros y hubo que parar para que recuperase el color de una cara que ya anunciaba la mujer hermosa que ahora es.
No voy a hacer una alabanza de los tiempos pasados, ni a denostar los presentes, no, no es ese mi propósito. No es mi intención señalar a aquellos hombres y mujeres que actuaban dentro de sus posibilidades, con tesón y sacrificios hoy desconocidos y casi inexistentes; que no podían permitirse un coche, pero sí tenían los arrestos de viajar en furgoneta atravesando la noche para enseñarnos por primera vez el mar; que no estudiaron, pero nos compraban tebeos y libros para que leyésemos, rebuscando monedas en el fondo de sus monederos; que no eran frívolos ni caprichosos y nos enseñaron a ser sobrios y respetuosos; que iban a ver a los maestros, a escucharlos y a creerlos y a tenerlos en cuenta; que nos reprendían si jugábamos con la comida o si molestábamos a la gente en un lugar público con nuestras impertinencias; que nos llevaban al cine cuando podían, a la feria cuando tocaba, a las casas de los amigos en sus cumpleaños; que nos educaban, en fin, con su ejemplo, con cariño y dulzura, pero también con seriedad y mano firme cuando nos lo merecíamos (y aquí estamos, sin traumas ni transtornos) siempre con devoción y una maestría innata, no aprendida.
Como te decía, no es esa mi intención. Es solo que estaba hoy, bien entrada la noche, "en soledad amena" y me he acordado de aquella otra noche de hace ya muchos años. Después de aquel viaje vinieron otros, dejé los tebeos y comenzaron las novelas, luego la inevitable adolescencia cruel y antipática, la carrera... Y casi sin querer la despedida. Te cambias de ciudad y tu casa ya no es tu casa y tus padres y tu hermana son, la mayor parte del tiempo un pensamiento, porque es pensamiento lo que no ves, en el pasado o en el presente o en el futuro. Y es sobrecogedor pensar que todo el tiempo que has pasado con ellos, que lo veías tan presente, largo y duradero en su momento, ahora lo contemplas como algo breve, lejano e insuficiente.
Leech.
Eran los años 80, todo era muy distinto, se podía atravesar España en verano sin aire acondicionado, sin altas velocidades y resolviendo los amagos de rebeldía de los más pequeños con un buen cachete. Aquella larga noche mi hermana y yo recivimos varios, ella acabó en la parte de atrás durmiendo entre las patas de la sillería y yo leyendo un tebeo que me habían comprado para la ocasión, iluminándome con una linterna pequeña que aún conservo. En efecto, un tebeo era un gran tesoro, aquel de Asteríx, tapas duras, regalo exclusivo para el viaje, como premio por las buenas notas del curso. Era entonces un Asteríx o un Tintín un enorme sacrificio económico, si no recuerdo mal 600 pesetas, por lo menos. Ni pequeñas videoconsolas, ni móviles de última generación, ni un MP3 de los que cansarse a los 20 minutos de viaje -no dan para más-. Un tebeo en su lugar, Asteríx y Cleopatra, que me leí dos veces, fascinado por la fuerza de esos bárbaros irredentos. Y a ratos el "veo, veo, ¿qué ves?..." o alguna canción o la radio de la furgoneta con las noticias o los deportes. También recuerdo muy bien que mi hermana, siempre inquieta y traviesa, se mareó en Despeñaperros y hubo que parar para que recuperase el color de una cara que ya anunciaba la mujer hermosa que ahora es.
No voy a hacer una alabanza de los tiempos pasados, ni a denostar los presentes, no, no es ese mi propósito. No es mi intención señalar a aquellos hombres y mujeres que actuaban dentro de sus posibilidades, con tesón y sacrificios hoy desconocidos y casi inexistentes; que no podían permitirse un coche, pero sí tenían los arrestos de viajar en furgoneta atravesando la noche para enseñarnos por primera vez el mar; que no estudiaron, pero nos compraban tebeos y libros para que leyésemos, rebuscando monedas en el fondo de sus monederos; que no eran frívolos ni caprichosos y nos enseñaron a ser sobrios y respetuosos; que iban a ver a los maestros, a escucharlos y a creerlos y a tenerlos en cuenta; que nos reprendían si jugábamos con la comida o si molestábamos a la gente en un lugar público con nuestras impertinencias; que nos llevaban al cine cuando podían, a la feria cuando tocaba, a las casas de los amigos en sus cumpleaños; que nos educaban, en fin, con su ejemplo, con cariño y dulzura, pero también con seriedad y mano firme cuando nos lo merecíamos (y aquí estamos, sin traumas ni transtornos) siempre con devoción y una maestría innata, no aprendida.
Como te decía, no es esa mi intención. Es solo que estaba hoy, bien entrada la noche, "en soledad amena" y me he acordado de aquella otra noche de hace ya muchos años. Después de aquel viaje vinieron otros, dejé los tebeos y comenzaron las novelas, luego la inevitable adolescencia cruel y antipática, la carrera... Y casi sin querer la despedida. Te cambias de ciudad y tu casa ya no es tu casa y tus padres y tu hermana son, la mayor parte del tiempo un pensamiento, porque es pensamiento lo que no ves, en el pasado o en el presente o en el futuro. Y es sobrecogedor pensar que todo el tiempo que has pasado con ellos, que lo veías tan presente, largo y duradero en su momento, ahora lo contemplas como algo breve, lejano e insuficiente.
Leech.
martes, 11 de marzo de 2008
Feliz cumpleaños.
"hoy se está yendo sin parar un punto"
Tradicionalmete felicitamos a una persona cuando es su cumpleaños. Qué necios somos, pues celebramos que nuestros seres queridos, conocidos al menos, se acercan un poco más a la consumación, a su fecha señalada, a su acabamiento definitivo. Y así ocurre que felicitamos sin sentido a un individuo porque haya llegado un año más al cuadro del almanaque (hoy volví a escuchar esta palabra, aún no olvidada) que hace ya tiempo (cada vez más y más) le vio nacer y le dio la bienvenida. Pobres ignorantes, lo que deberíamos hacer es compadecerle y sentir lástima por su envejecimiento, su prematuro ir muriendo, ya expresó Quevedo este sentido y no habrá manera de hacerlo mejor ni más claro.
Hace unos días -tú lo sabes, querido Grice, nuestra amistad va siendo cuento largo- fue mi cumpleaños y realicé, uno tras otro, todos los ritos y usos sociales establecidos: me puse al teléfono (curiosa expresión, qué ambigüo el lenguaje) di las gracias a quienes de la fecha se acordaron, invité a café, sonreí ante las bromas que sobre la edad se hacían e incluso sostuve con dignidad y rostro firme algún "cumpleaños feliz" y tirón de orejas.
Qué absurdo todo, qué absurdo. Si ya he quemado unas cuantas naves que nunca podré volver a tripular. Si ya no me acuerdo de qué sentía cuando me daban los primeros besos. Si ya hay gente que se ha marchado, siempre sin despedirse, sin decir "adiós", siempre necesarios, inolvidables mientras no se nos prive del recuerdo, como a ellos ya se les ha privado. Si ya hay sueños destrozados y amores que se fueron y no volverán jamás, deseos incumplidos y renuncias asumidas. Si ya acumulamos muchas cuentas pendientes y deudas con nuestra conciencia y nuestro pasado, largo ya, inabarcable. Si todo pasa tan deprisa y se deshace según pasa, ¿por qué me felicitáis, insensatos?
Y todo irá avanzando y cambiando cada año, con cada cumpleaños feliz: mi padre anciano, mi espejo blanco y ajado, mi casa ya demasiado vista.Cada día estaremos más cerca del final de los que nos rodean, del nuestro también. Lo que creíamos y aún creemos largo, extenso, vasto, se irá volviendo corto, breve, vago, un suspiro, un ahogado suspiro condenado a no volver a ser notado jamás, expulsado para siempre.
Digan los locos que no es tan amargo crecer, que cada edad tiene sus ventajas, sus frutos, digan que todo se va aceptando y reciviendo sin trauma, que yo no les creeré. Crecer es nuestro castigo, la contradictoria condición del ser humano; vivir para ir muriendo, su siniestra maldición.
Leech.
Tradicionalmete felicitamos a una persona cuando es su cumpleaños. Qué necios somos, pues celebramos que nuestros seres queridos, conocidos al menos, se acercan un poco más a la consumación, a su fecha señalada, a su acabamiento definitivo. Y así ocurre que felicitamos sin sentido a un individuo porque haya llegado un año más al cuadro del almanaque (hoy volví a escuchar esta palabra, aún no olvidada) que hace ya tiempo (cada vez más y más) le vio nacer y le dio la bienvenida. Pobres ignorantes, lo que deberíamos hacer es compadecerle y sentir lástima por su envejecimiento, su prematuro ir muriendo, ya expresó Quevedo este sentido y no habrá manera de hacerlo mejor ni más claro.
Hace unos días -tú lo sabes, querido Grice, nuestra amistad va siendo cuento largo- fue mi cumpleaños y realicé, uno tras otro, todos los ritos y usos sociales establecidos: me puse al teléfono (curiosa expresión, qué ambigüo el lenguaje) di las gracias a quienes de la fecha se acordaron, invité a café, sonreí ante las bromas que sobre la edad se hacían e incluso sostuve con dignidad y rostro firme algún "cumpleaños feliz" y tirón de orejas.
Qué absurdo todo, qué absurdo. Si ya he quemado unas cuantas naves que nunca podré volver a tripular. Si ya no me acuerdo de qué sentía cuando me daban los primeros besos. Si ya hay gente que se ha marchado, siempre sin despedirse, sin decir "adiós", siempre necesarios, inolvidables mientras no se nos prive del recuerdo, como a ellos ya se les ha privado. Si ya hay sueños destrozados y amores que se fueron y no volverán jamás, deseos incumplidos y renuncias asumidas. Si ya acumulamos muchas cuentas pendientes y deudas con nuestra conciencia y nuestro pasado, largo ya, inabarcable. Si todo pasa tan deprisa y se deshace según pasa, ¿por qué me felicitáis, insensatos?
Y todo irá avanzando y cambiando cada año, con cada cumpleaños feliz: mi padre anciano, mi espejo blanco y ajado, mi casa ya demasiado vista.Cada día estaremos más cerca del final de los que nos rodean, del nuestro también. Lo que creíamos y aún creemos largo, extenso, vasto, se irá volviendo corto, breve, vago, un suspiro, un ahogado suspiro condenado a no volver a ser notado jamás, expulsado para siempre.
Digan los locos que no es tan amargo crecer, que cada edad tiene sus ventajas, sus frutos, digan que todo se va aceptando y reciviendo sin trauma, que yo no les creeré. Crecer es nuestro castigo, la contradictoria condición del ser humano; vivir para ir muriendo, su siniestra maldición.
Leech.
viernes, 29 de febrero de 2008
Falsos e incompetentes.
Hay una legión de ineficaces que llenan todos los ámbitos de la vida, que no solo provocan con su ineptitud y torpeza colapsos y funcionamientos deficientes, problemas y trabas -casi siempre donde no las había- sino que además se van jactando de su buen hacer, de su eficacia y de su valía. Es curioso, abundan y crecen sin medida estas personas porque unas a otras se van alimentando y así procrean y se multiplican con sus mutuos apoyos y su solidaridad. A veces pienso que son bien conscientes de su inutilidad y es por eso que se adulan unos a otros y se montan su sistema de compadreo, ayuda, protección y defensa a ultranza ante cualquier voz crítica que ose interponerse en su camino. Incluso organizan la inoperancia y malas artes en documentos, proyectos, conferencias, clases, cursos... que nos imponen y hacen perder el tiempo; así de claro y tajante soy, pérdida de tiempo es todo lo que montan e inventan. Estos son los que siguen los consejos de Gracián: "Aúgmentase la simulación al ver alcanzado su artificio, y pretende engañar con la misma verdad: muda de juego por mudar de treta, ya hace artificio del no artificio, fundando su astucia en la mayor candidez."
Por contra, hay un ejército refugiado en las trincheras de inmensa valía, que indaga, profundiza y busca llegar al fondo de los asuntos, que resuelve y aclara aquello que entre su mano cae. Pero, curioso asunto este, viven enclaustrados, cercados por la inoperancia de tantos que les recriminan su seriedad, exigencia y rigor. Son personas que observo todos los días, que no regalan falsas sonrisas, que no engañan y lo que está mal lo sancionan como tal, sin pintar bellos paraísos que no existen. No los pintan porque no tienen intereses particulares, no necesitan de ese "locus amoenus" inventado, bregados como están en los campos de barro y lluvia, donde podrían sobrevivir por sus inmensas e inacabables virtudes. Los otros, querido Grice, al primer paso quedarían atrapados en el fango, sin recursos, poco acostumbrados a salir de las dificultades con mano firme e inteligencia.
Los rosales son fáciles de regar, pero pinchan en el tallo, no se olvide.
Y yo me pregunto, estimado amigo, ¿qué ocurre para que esas personas virtuosas vuelvan llenas de zozobra y amargura a casa los viernes, mientras los otros sonríen, ajenos al destrozo que van perpetrando cada día, encantados de haber sostenido una semana más sus castillos de arena? Y una semana más se saben vencedores, otra vez han acusado, han reprendido, han ninguneado y mirado con desprecio a los que se han hecho preguntas; una semana más se han colgado sus medallas; una semana más nos han complicando la existencia con su gran incompetencia.
Hoy, querido Grice, este escrito lleva dedicatoria: a mis compañeros de departamento.
Por contra, hay un ejército refugiado en las trincheras de inmensa valía, que indaga, profundiza y busca llegar al fondo de los asuntos, que resuelve y aclara aquello que entre su mano cae. Pero, curioso asunto este, viven enclaustrados, cercados por la inoperancia de tantos que les recriminan su seriedad, exigencia y rigor. Son personas que observo todos los días, que no regalan falsas sonrisas, que no engañan y lo que está mal lo sancionan como tal, sin pintar bellos paraísos que no existen. No los pintan porque no tienen intereses particulares, no necesitan de ese "locus amoenus" inventado, bregados como están en los campos de barro y lluvia, donde podrían sobrevivir por sus inmensas e inacabables virtudes. Los otros, querido Grice, al primer paso quedarían atrapados en el fango, sin recursos, poco acostumbrados a salir de las dificultades con mano firme e inteligencia.
Los rosales son fáciles de regar, pero pinchan en el tallo, no se olvide.
Y yo me pregunto, estimado amigo, ¿qué ocurre para que esas personas virtuosas vuelvan llenas de zozobra y amargura a casa los viernes, mientras los otros sonríen, ajenos al destrozo que van perpetrando cada día, encantados de haber sostenido una semana más sus castillos de arena? Y una semana más se saben vencedores, otra vez han acusado, han reprendido, han ninguneado y mirado con desprecio a los que se han hecho preguntas; una semana más se han colgado sus medallas; una semana más nos han complicando la existencia con su gran incompetencia.
Hoy, querido Grice, este escrito lleva dedicatoria: a mis compañeros de departamento.
miércoles, 27 de febrero de 2008
Vuelva usted mañana.
Verdaderamente esta semana me he acordado de nuestro Larra. Apenas he tenido que reunir tres requisitos, hacer un pago en el banco y fotocopiar ocho documentos para recordar aquel magnífico artículo titulado "Vuelva usted mañana" que escribió nuestro "Corzo herido de muerte". Aquel personaje desesperado ante la fría burocracia y la pereza de los que debían atenderle y resolver sus problemas, que siempre se topaba con las ventanillas o los despachos recién cerrados, ha quedado grabado en mi memoria y aunque ya hace algún tiempo que lo leí por última vez y lo tengo algo olvidado (qué frustrante es olvidar, no poderlo recordar todo sin lagunas, sin borrones) me siento identificado con aquel pobre extranjero que quería y no podía, que acabó enredado en la trampa que nos tienden poderosas fuerzas invisibles. Es como si quisieran acabar con nosotros poco a poco, en una labor de desgaste que no nos ofrece tregua.
Hoy hay nuevas trabas en el camino: la impresora no imprime; el programa desde el que debes descargar tu solicitud está "temporalmente en obras" o algo así (deleznable e irritante la jerga informártica) y es la única manera de obtener la dichosa solicitud; las oficinas cada día cierran antes -cualquiera que tenga un horario normal de trabajo no podrá nunca hacer uso de ellas- empezando por los bancos, entidades solo disponibles para quienes trabajen por la tarde, minoría sin duda... o para los parados y jubilados, que son quienes, para su desgracia, menos uso pueden hacer de tan serviciales organismos. Y siempre ese lenguaje ambigüo, laberíntico, confuso, que te hace repetir una y otra vez instancias, formularios, viajes en autobús o en metro a tal o cual edificio, siempre oculto entre los árboles o perdido en medio de la nada.
Todo conduce a la crisis nerviosa, a arrastrar la lengua, a discutir con tus jefes por dos horas de asuntos propios, a malas contestaciones de los empleados de los diferentes organismos (la sensibilidad en su entrepierna siempre), a valeriana en cápsulas para poder dormir, y, en fin, a que los que te quieren y respetan y nada han hecho tengan que aguantar tu mala cara y peor humor cuando, derrotado, llegues a casa con la última luz de la tarde.
Leech.
Hoy hay nuevas trabas en el camino: la impresora no imprime; el programa desde el que debes descargar tu solicitud está "temporalmente en obras" o algo así (deleznable e irritante la jerga informártica) y es la única manera de obtener la dichosa solicitud; las oficinas cada día cierran antes -cualquiera que tenga un horario normal de trabajo no podrá nunca hacer uso de ellas- empezando por los bancos, entidades solo disponibles para quienes trabajen por la tarde, minoría sin duda... o para los parados y jubilados, que son quienes, para su desgracia, menos uso pueden hacer de tan serviciales organismos. Y siempre ese lenguaje ambigüo, laberíntico, confuso, que te hace repetir una y otra vez instancias, formularios, viajes en autobús o en metro a tal o cual edificio, siempre oculto entre los árboles o perdido en medio de la nada.
Todo conduce a la crisis nerviosa, a arrastrar la lengua, a discutir con tus jefes por dos horas de asuntos propios, a malas contestaciones de los empleados de los diferentes organismos (la sensibilidad en su entrepierna siempre), a valeriana en cápsulas para poder dormir, y, en fin, a que los que te quieren y respetan y nada han hecho tengan que aguantar tu mala cara y peor humor cuando, derrotado, llegues a casa con la última luz de la tarde.
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